A un mes de su partida, algunos recuerdos de Otto Pritsch

diciembre 6, 2022

A un mes del fallecimiento de Otto Pritsch —impulsor del Institut Pasteur de Montevideo, responsable del Laboratorio de Inmunovirología y exdirector académico— colegas y amigos que trabajaron con él en el instituto compartieron algunos recuerdos a modo de homenaje.

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Para Otto

Por Ricardo Ehrlich

Una gran y dolorosa ausencia.

Otto Pritsch fue el Institut Pasteur de Montevideo.

Ha sido parte fundamental del equipo que lo soñó y lo construyó. El hombre de las síntesis, de los encuentros, permanente batallador por la construcción de una institución generosa, hacia adentro y hacia fuera; de una institución de acompañamiento, hacia adentro y hacia fuera; de una institución de alta exigencia, en lo científico y en lo humano.

Científico de primera línea, de liderazgo firme y discreto, maestro paciente y generoso, fue figura central en tiempos de pandemia. Hombre de su familia y de su tierra. Hombre de ciencia de mar abierto.

Son tiempos de abrazos silenciosos en los corredores, de fortalecer afectos y cercanías por el dolor compartido.

 

Una formidable y duradera presencia.

Otto Pritsch es el Institut Pasteur de Montevideo.

Su mano tendida y su pensamiento fecundo están presentes en todos los espacios: los de la cultura científica institucional y los del saber hacer, los de la paciencia y los de la impaciencia en las exploraciones en la frontera del conocimiento, los de aprender a aprender y los de aprender a enseñar, los que marcan el compromiso de la ciencia y de los científicos con la sociedad.

Una institución es cada una, cada uno de sus integrantes, a través del tiempo y mirando hacia el futuro. Una institución es su gente y el ámbito cultural que construyen cada día. Allí está Otto.

Nos queda, nos acompaña, nos acompañará siempre su permanente sonrisa.

 

Rafael Radi, Otto Pritsch y Ricardo Ehrlich

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Un ejemplo de cómo enseñar

Por Pablo Oppezzo

Para aquellos que alguna vez fuimos sus estudiantes, Otto era el maestro que impartía su sabiduría en silencio, con ejemplos concretos o con un comentario oportuno, haciéndote ver el error con una sonrisa. Con la alegría del primer mate al iniciar el día de trabajo, o con la humildad del último, que estaba lavado y había que “ensillar”, a la tardecita nomás, cuando quedábamos pocos.

Otto fue y será para muchos de nosotros un gran maestro, no solo en la mesada donde hacia resaltar un sentido común admirable, sino también en el transitar cotidiano de la vida misma. En ese paso de buey duro, parejo y seguro que él hacia propio día a día para dejarnos un mundo mejor. Te vamos a extrañar, pero por suerte siempre andarás a la vuelta.

 

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Otto, el jefe

Por el equipo de investigadores que integran el laboratorio que creó y del que fue responsable

Otto era un jefe con contrastes y dicotomías.

Podía fruncir el ceño y sonreír al mismo tiempo.

Discutía con fervor sin levantar la voz y encaraba las dificultades como si asumiera que ya estaban resueltas.

Insistía en hacer ciencia que “moviera la aguja” y se permitía distracciones en el camino porque siempre “hay algo más” que vale la pena investigar y entender. Su ciencia buscaba soluciones a problemas reales, siempre con la curiosidad intacta y alentando a buscar esa frontera inexplorada.
Se sentaba a analizar resultados negativos y al final decía que era un “excelente resultado”. Porque lo importante era el esfuerzo y la dedicación, que él parecía adivinar cuando miraba a trasluz un western-blot absolutamente oscuro.

Otto añoraba volver a la mesada y hacer experimentos. Tomar un “matecito” a las siete de la tarde y discutir sobre ciencia, fútbol o política. Le gustaban los laboratorios desordenados y las mesas redondas… las camisas celestes y los championes negros. Le gustaba “el Euskal Erría” y el “10e arrondissement”, el asado de tira y los “croque-monsieur”, el Camembert y el queso Colonia, los “Quais” del Sena y la playa de Valizas.

Siempre se mostraba entero, aunque estuviera fraccionado en mil tareas. Su silueta encorvada frente al monitor evidenciaba ocupación y dedicación, pero se podía golpear cien veces su puerta y la respuesta sería siempre un “¡sí!”.

Desmenuzaba, fraccionaba e individualizaba en sus análisis, y al mismo tiempo zurcía, cocía, unía y articulaba en sus decisiones.

Defendía la unidad del grupo a capa y espada sin descuidar la cohesión institucional; y defendía las instituciones sin dejar de lado el resto de la comunidad científica y la sociedad.

Era un militante de la austeridad, pero no veía ostentación cuando se trataba de invertir en ciencia.
Cuando acudíamos con una propuesta, una solicitud o una idea, desconcertantemente decía “acá los jefes son ustedes”. Otto era capaz de dar amparo y seguridad, sin limitar la independencia y alentando a tomar decisiones adecuadas.

Se iba los viernes masticando una pregunta que discutía con cara de niño, animando al resto del grupo a seguirlo e ir más allá. Y el lunes cuando lo encontrabas, con su amplia sonrisa te preguntaba por la familia: “¿Y… como estuvo el finde?… ¿Descansaste?”

Porque Otto era así, apasionado con el trabajo, pero humano y terrenal hasta la médula. Era desafiante y protector. Era jefe y compinche… determinado y soñador… tímido y seguro… respetuoso y cálido. Otto era nuestro y de todos.

Haciendo honor a esos contrastes y dicotomías seguiremos adelante. Sintiendo su permanente ausencia y teniéndolo presente a cada paso. Con el vacío de su partida y la esperanza de su semilla. Recordándolo con una mezcla de dolorosa nostalgia y reconfortante alegría. Con la vergüenza de no haber estado a la altura y el orgullo de haber compartido nuestras vidas con él.

Sí. Nuestras vidas. Porque podemos precisar el momento exacto en que este perfecto desconocido entró en ellas y con la misma certeza afirmar que nunca se fue y que sus enseñanzas se quedarán ahí… para siempre.

 

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